
Saldo general: 44, 25 o 15 heridos (depende del canal que sintonicen)
Saldo Particular: un chichón en la cabeza
Como sabrán, aquellos que posiblemente obsesivos como yo por saber la temperatura y la hora exacta a todo momento dejan prendido TN, o que gozan de la música tipo cine catástrofe de C5N, dos trenes de la línea Mitre chocaron hoy por la tarde cerca de la estación
Los que me conocen, saben que a la facultad voy en colectivo o en el tren Belgrano y que el recorrido de la línea Mitre no forma parte de mi ruta habitual. Sin embargo, por esas casualidades de la vida, o del destino que de vez en cuando osa con ponerme en situaciones ridículas como para no dejarme caer en el aburrimiento extremo, yo me encontraba hoy en ese tren.
Fue ayer cuando al enterarme que hoy mi abuela (que habita en Tigre) y mi madre iban a ir juntas desde la casa de la primera al médico sito en la calle Arenales (cerca de mi facultad), que tome una decisión que cambiaría mi vida para siempre (capaz exagero). “Madre, las acompaño así veo a la abuela y de ahí después me voy a la facu”, le notifiqué felizmente a mi progenitora sin saber que la felicidad no duraría mucho.
Hace unas horas tomábamos el tren en el segundo vagón de la formación, inconscientes de todos los peligros a los que estábamos expuestas. Recuerdo que charlamos durante un par de estaciones, hasta que caí en un sueño no muy profundo. Minutos después un sonido tan fuerte y estrepitoso como el de dos trenes chocando (un momento, eran realmente dos trenes chocando), más el dolor de mi cabeza golpeando contra el caño que hay sobre el asiento, lograron despertarme para descubrir, al abrir los ojos, a mi madre que había caído de culo al suelo y evitaba con sus brazos que otro señor que también había perdido el equilibrio la aplastara. Las personas gritaban, los niños lloraban y durante un segundo todo se movía cual terremoto en Perú.
La calma parecía querer volver lentamente, hasta que alguien notó que estábamos encerrados (efectivamente las puertas del Mitre son automáticas y por supuesto la forma manual de abrirlas no funcionaba) y empezó a gritar “¡no podemos salir!” avivando el pánico colectivo cual fuego de asado al que se le arroja kerosén. Algunos gritaban “esto es una vergüenza”, otros se lamentaban como heridos de guerra y algunos seguían intentando, sin resultado, abrir las puertas. Yo decidí sentarme, esperar, y por qué no también, victimizarme por el chichón en mi cabeza.
Horas después (en realidad fueron tan solo un par de minutos, pero no puedo con mi sensacionalismo), alguien vino a indicarnos que podíamos salir por adelante.
En el trayecto hacia la salida ví: una mujer que pedía que la dejaran salir primero porque decía tener un ataque de pánico, una señora que caminaba sostenida por otra persona no por estar herida sino en shock y un policía amable que vio mi cara de Pantriste (y escuchó a mi abuela preguntarme a los gritos si me dolía mucho el golpe) y me ofreció atentamente esperar sentada la ambulancia (a lo cual dije no).
Una vez afuera, policías, bomberos, ambulancias y un estado generalizado de indignación e incredulidad y la frase más repetida por todos los allí presentes que como yo no pierden oportunidad para ironizar: “¿¡…Y EN ESTE PAÍS QUIEREN PONER UN TREN BALA!?”.